Me llamo Leandro, tengo diecisiete años y asisto al Colegio Nacional. Soy un chico introvertido, como esas plantas que crecen mejor en la sombra, con un grupo reducido de amigos que cultivo con la paciencia de quien sabe que las mejores raíces se nutren lentamente. Mi mejor amigo se llama Emiliano, unos meses mayor que yo, extrovertido como el sol de mediodía mendocino, y es quien siempre me empuja a socializar cuando mi naturaleza callada amenaza con convertirme en una isla.
Tenemos un grupo de amigos que nos conocemos desde primer año, aunque con Emiliano compartimos una historia que se remonta más atrás en el tiempo. Ambos fuimos juntos al mismo club a practicar fútbol, y desde los diez años nos volvimos inseparables como dos hilos de la misma trama. Cuando llegó el momento de elegir a qué secundaria ir, la decisión fluyó natural como el agua que baja de la cordillera: el Colegio Nacional era nuestro destino.
Aquí conocimos a Ivanna, una chica cuya personalidad vibrante llenaba los silencios que yo dejaba flotando en el aire. Ella y yo nos entendimos muy rápidamente y empezamos una amistad que se sintió como encontrar la pieza que faltaba en un rompecabezas. Me complementaba perfectamente: ella hablaba mucho y yo, que soy una persona tan callada, encontraba en sus palabras el eco de mis propios pensamientos. Compartíamos gustos, secretos, y esas conversaciones importantes que solo se tienen con quienes realmente entienden el peso de nuestras palabras. En fin, una gran amiga que llegó para quedarse.
Agustín era un par de años mayor que nosotros, un gran chico pero poco aplicado en la escuela, como esos talentos naturales que prefieren brillar fuera de las aulas. Muchas chicas estaban detrás de él, atraídas por esa combinación de carisma y despreocupación que lo rodeaba como un aura, pero él estaba de novio desde hacía dos años con Estefanía, quien completaba nuestro pequeño círculo. Ella era la chica más inteligente del grupo, esa mente brillante que siempre estaba ahí para ayudarnos con cualquier duda, como un faro que guía a los barcos perdidos en la niebla de la adolescencia. Siempre estuve muy feliz de haberlos encontrado a todos; eran mi refugio en medio del torbellino del secundario.
Con el resto del curso mantenía una relación cordial, pero más allá de compartir algún partido de fútbol con los hombres del salón en los recreos, no me unía mucho más a ellos. Prefería la seguridad de mi pequeño grupo, donde cada rostro era conocido y cada personalidad, predecible.
Hacía un año algo había cambiado y había hecho tambalear nuestra dinámica grupal como el viento zonda que sacude los árboles más firmes. Emiliano decidió salir abiertamente del clóset, revelando una verdad que yo ya conocía. Cuando teníamos catorce años me lo había confesado en una de esas noches de Play y películas en mi casa, donde las palabras importantes se dicen entre la penumbra y la confianza. Yo lo tomé con total naturalidad; era mi mejor amigo y eso no iba a cambiar, como no cambia el curso de un río por las piedras que encuentra en su camino.
Pero al resto del grupo los tomó por sorpresa, ya que Emiliano no encajaba en los moldes que el mundo piensa que debe tener un hombre gay. No tenía “pluma”, era más bien masculino, con esa presencia segura que tenía a todas las chicas del colegio enloquecidas, como polillas atraídas por una luz que no podían alcanzar.
De hecho, Ivanna estaba enamorada de él. Yo le decía que no se ilusionara, pero ella no entendía por qué, hasta que llegó su confesión. Estuvo un tiempo apartada de ambos, herida como quien descubre que el mapa que seguía llevaba a un destino diferente, hasta que entendió que Emiliano y yo éramos amigos desde mucho antes y que aquello no era un secreto mío, sino de él, y era quien debía contarlo cuando estuviese listo para hacerlo.
Después de algunas semanas, como después de una tormenta, las cosas se fueron acomodando. Ahora Emiliano era una persona más libre al poder hablar de sus cosas abiertamente, y se unió más a las chicas del grupo, encontrando en ellas esa comprensión que antes había estado fragmentada.
Hechas las presentaciones, todo empieza en la UPD del año 2024, esa noche que quedaría grabada en mi memoria como el momento en que el destino decidió cambiar de rumbo. Los cinco asistimos a una fiesta en la casa de uno de nuestros compañeros, la noche previa al inicio de clases, una tradición recientemente arraigada en los estudiantes de todo el país. La idea era simple: beber un poco, bailar, pasar la noche tranquilos y asistir al siguiente día a clases con esa sensación de haber cerrado las vacaciones como correspondía.
Esa noche estuve con mis amigos un rato, pero luego me separé del grupo para buscar algo de beber. Cuando estaba en la cocina de la casa preparando un trago, una de nuestras compañeras que se llama Sofía empezó a encararme. Si bien me gustaba, me aburría mucho estar con ella; nuestras conversaciones siempre parecían círculos que no llevaban a ningún lugar. Pero como estaba empezando a sentirme alegre por el alcohol, seguí con ella un tiempo más. Estuvimos bailando al ritmo de la música que inundaba la casa, nos besamos con esa intensidad torpe de los diecisiete años, y tras un rato fuimos a una de las habitaciones donde tuvimos relaciones.
Desde ese día, algo iba a empezar a cambiar en mi vida como cuando el viento zonda anuncia su llegada con una brisa sutil antes de desatar toda su fuerza.
Pero eso, aún no lo sabía.